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jueves, 5 de diciembre de 2013

El libro de la crueldad, de Layla Martínez



Layla Martínez
El libro de la crueldad
La Vida Rima, 2012

Por Sara R. Gallardo




Edipo Rey se arrancó los ojos con sus propias manos. Edipo Rey se folló a su madre. A los personajes que recorren El libro de la crueldad (LVR, 2012) de Layla Martínez les pasa un poco como al Edipo de Sófocles. Son héroes: víctimas y verdugos que aceptan su destino.



La poesía con la que se presenta Layla Martínez en su primera publicación es una poesía humana y animal desde el propio título: libro, como sinónimo de racionalidad; y crueldad, como sinónimo de “animalidad”, de instinto y de impulso. También al revés: ese juego de libro como impulso y de crueldad como racionalidad. Esa es la pregunta estética que recorre sus poemas: ¿es la crueldad un instinto animal que albergamos desde los inicios de la humanidad o por el contrario es la sublimación de nuestra racionalidad?



Crueldad como amor y amor como extremo cruel de la vida. Las imágenes que usa Layla Martínez bien podrían recorrer, no solo este, sino muchos otros grandes libros: relación madre-hijo, señor-esclavo, deformidad, soledad, crimen, destino, entierro.



Layla Martínez nos dice muchas cosas en este libro, su primer libro, nos dice que puede, nos dice que es capaz de encontrar una voz. Su voz está traspasada por la hostilidad y el amor, por la ternura del incesto, su voz suave y fuerte sale de una garganta húmeda llena de grumos que contiene palabras que vienen gestándose desde hace muchos siglos. Debemos escucharla con atención, a pesar de haber hilvanado un libro incómodo, duro, necesario. Partir de nosotros. Hacernos preguntas. Preguntar “cómo es posible”. Cómo soportar saber que nacimos de la crueldad. Cómo soportarlo y no escribir.


lunes, 26 de agosto de 2013

El monstruo eres tú, "Ánima esquiva", de Adriana Bañares




 Adriana Bañares
Ánima esquiva
Editorial Origami, 2013


Salir del escenario o crecer. Dejar de usar tacones como una teen o volver a entretenerse mirando a las muñecas. Rozar, arañar, ponerse de puntillas al borde del abismo.

La poesía de Adriana Bañares (Logroño, 1988) se retroalimenta: es su poesía y es ella. Es el borde del abismo y es la puta poesía. Preguntarse qué es poesía, qué hago escribiendo, qué escribo, qué hago amando. Qué demonios es amar.

Adriana Bañares es el centro de sí misma y es la voz de una generación: no por multitudinaria, sino por todo lo contrario. Los nacidos a finales de los ochenta y principios de los noventa son unos jóvenes que se debaten entre unos sueños que (ya saben) no van a poder cumplir y una eterna pregunta sobre quiénes son y dónde encajan. Están solos. La voz de Bañares en Ánima esquiva (Origami, 2013) sigue indagando la postadolescencia y los espacios intermedios que la mayor parte de los lectores se saltan por incómodos. Su poesía se desarrolla (porque cuenta) en una habitación concreta y en un tiempo determinado. También en la extraña normalidad de los sueños o en los recuerdos de las camisetas interiores sudadas de la clase de gimnasia. Y en un cuerpo que ni es infantil ni es adulto, ni es joven ni es viejo. Un cuerpo concreto que dicta un tiempo y que ¿tiene alma?

A pesar de los fogonazos, más que imágenes poéticas como tal; a pesar de las entrañas y del amor a la casquería que muchos sentimos y a pesar de su voz, dulce, callada, visceral, estoy segura de que la poesía de Adriana Bañares alcanzará otros niveles y verá otras puertas y correrá otras cortinas. Y se asomará a otras ventanas, que poco tendrán que ver con las de estos textos primerizos que salen ahora, después de unos cuantos años, a la luz. Que mirarse a sí misma no es malo y sigue siendo la única manera de entender a los demás, porque el yo es el “prójimo” más cercano. Pero también llegará un día en el que las protagonistas de las películas de serie B nada dirán de nosotras y las voces de nuestra cabeza se silenciarán.

La poesía de Adriana Bañares sigue siendo el diario en forma de prosa de una chica. Un diario donde salen retratados muchos monstruos, que todos reconocemos y en los que todos nos reconocemos. Esos monstruos tararean canciones en inglés o se cuelan en nuestras noches en forma de insectos. Bañares dejará algún día de rascar temblorosa esa herida infectada y nos dirá: “déjame amar al monstruo” o “el monstruo eres tú”. Y entonces volará.