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miércoles, 8 de junio de 2016

Los allanadores, de Carlos Pardo




LOS ALLANADORES
CARLOS PARDO
Pre-Textos, 2015.



El pasado mes de octubre salían a la luz Los allanadores, de Carlos Pardo. Nueve años lo separan de su anterior poemario, durante los cuales el autor ha publicado dos novelas: Vida de Pablo (2011) y El viaje a pie de Johann Sebastian (2015). Este hecho no ha dejado de influir en la poesía de quien afirmaba haber dejado de escribirla para buscar en la narrativa una cierta “intimidad con el mundo”. Tanto es así que sus dos últimas entregas, tanto en prosa como en verso, comparten una misma temática y un juego parecido en la alternancia de series narrativas dispares. Sin embargo, más allá del alargamiento de los poemas y la concatenación de tramas, este comercio de géneros no ha supuesto tampoco un cambio demasiado ostensible en un estilo formado precisamente en una escuela conocida por su sesgo narrativo: la poesía de la experiencia. Lo que sí resulta ostensible es que Carlos Pardo demuestra haber cruzado ya esa línea a partir de la cual un autor no tiene que demostrar nada y puede “soltar la mano”. Nos encontramos ante su mejor poesía, más personal y también más humana, que se aleja de frivolidades para encarar algunos de los grandes y al mismo tiempo mundanos asuntos de la literatura, como el de las relaciones paterno-filiares y su caducidad, problemática que se hace extensiva al contrato social, de pareja y, de paso, a la propia identidad. 
  
La cosa familiar ya se apuntaba en Echado a perder (2007), donde algunos poemas se dirigían hacia la madre o bien hacia el padre, en un tono que anticipa a los actuales. Y también en anteriores ocasiones lo habíamos leído extenderse -aunque no tanto- y ensayar yuxtaposiciones discursivas, como en el poema “Un dos piezas” que cerraba Desvelo sin paisaje (2002). Estas tendencias y algunas otras convergen en Los allanadores, ofreciendo al lector un poemario maduro pero fresco, pues su característico humor ácido tampoco ha desaparecido. Por ende, se refuerza la fusión de coloquialismo y acentuación garcilasiana, de lenguaje corriente y sociolecto intelectual, lo que sumado a la calculada exposición de motivos desencadena un efecto sorpresivo y conmovedor. Como el mismo poeta apunta, se trata de una poética basada en el contrapunto (en “Mis problemas con el judaísmo”). La llamada disonancia (manifiesta en constantes contrastes) solo alcanzaría a ser armónica en función de la muerte, si hablamos de la vida, o merced a la lectura, si hablamos de poesía. Yo añadiría algo que puede parecer obvio, y no es tan fácil: Carlos Pardo traduce el universo de referentes que le son propios sin hacer demasiada distinción entre literarios y extra-literarios. Esta poesía no obedece –o no solo- a una premeditación aséptica, sino a una sociología personal, pero con conciencia estética; circunstancia a la que él se refiere como “disciplina de la desposesión”. A menudo, encontramos matices que solo la complicidad de quien coincida en cierta contingencia cultural puede colegir (es decir, intraducibles no solo por su léxico, sino por su contexto), y ello contribuye a otorgar al poemario ese sabor, con perdón, a autenticidad. 
  
También en esta ocasión, como era de prever, se nos habla desde del filtro descreído de una mirada irónica, una queja burlesca que muestra la disonancia de valores en sociedad, y en poética. En Carlos Pardo la ironía es la pose inconformista de quien necesita encajar en una escena con la que no se termina nunca de estar de acuerdo. Bajo su apariencia lúdica no deja de ser una estrategia para sobrellevar el absurdo, a veces doloroso, de la existencia. 
  
Pero, sin duda, otro de los aciertos de este poemario es haber hecho algo muy raro en nuestra tradición: una poesía política íntima, alejada de proclamas y del estilo llano de la poesía social (aunque, evidentemente, parta de la Generación de los 50). En su monólogo interior, Carlos Pardo recurre a un mismo tono incómodo ya nos hable de su familia, de su desencanto social o de etimología, y nos acerca así a una vivencia en la que podemos reconocernos, no porque sea la nuestra, sino porque logra representar, es decir: ser interior, como la nuestra.

martes, 2 de abril de 2013

DESESCOMBRAR LA PALABRA. "El tiempo menos solo", de Abraham Gragera




Abraham Gragera
El tiempo menos solo
Pre-Textos (2012) 



Siete años median entre la aparición de Adiós a la época de los grandes caracteres (Pre-textos, 2005) y El tiempo menos solo (Pre-textos, 2012), siete años en los que Abraham Gragera ha ahondado en la búsqueda de un nuevo código lingüístico que pretende dejar constancia no del mundo, inabarcable y, por tanto, imposible de reconstruir, sino de la pequeña estancia que es nuestra existencia.

El poeta considera que tan solo podemos definir lo que nos rodea desde el contacto con el otro, en cuya comunión se encuentra la plenitud, y desde la necesidad de buscar un lenguaje interior, una palabra nueva, despojada de los excesos verbales y que nazca del interior del propio ser que la genera. Semejante propósito tropieza, de inmediato, con una dificultad insalvable: el lenguaje es una convención, un pacto social y, por ello mismo, se encuentra hondamente connotado por factores sociales, ideológicos, culturales e históricos, con lo que debe realizarse una acción previa de saneamiento de la propia lengua. Solo desde esta labor necesaria, las palabras podrán nombrar de un modo distinto las cosas y, por tanto, crearlas. Sin embargo, esta utópica creación, mediante el lenguaje, de lo que nos rodea no es un acto fundacional del mundo, sino íntimo y particular, un acto de amor.

Y esta es la paradoja de la que nace la creación poética: el único medio que tenemos para crear realidad es el lenguaje y este, al estar connotado, resulta insuficiente siquiera para arrojar luz a la habitación compartida en que decidimos vivir. Dicha insuficiencia nace de los excesos a los que se ha visto sometida la palabra a lo largo de la historia. De todos los recursos, el más contaminado y connotado es la imagen; por eso, en la irrenunciable labor de desescombro, que tiene como misión la búsqueda de la precisión y la exactitud, debe ser revisada –de hecho, Gragera ahonda en el uso de una imagen de base surrealista, sustentada en no pocos casos en un sutil ironía-, al tiempo que deben buscarse otras alternativas para darle un nuevo brillo al lenguaje y potenciar las posibilidades fónicas no solo de los vocablos, sino también de los sintagmas e, incluso, de las oraciones, dentro de un verso con una cadencia discursiva.

En este sentido, para el poeta madrileño se hace necesario acudir a una puntuación, en ocasiones, intencionadamente arbitraria, a la rima, siempre estratégicamente situada, y a una amplia serie de figuras heredadas, en parte, de la poesía de cancionero: anadiplosis, epanadiplosis, juegos de palabras, paranomasias, antítesis, reduplicaciones, diáforas, similicadencias, derivaciones, comparaciones, quiasmos, oxímoron, repeticiones disemeninadas, epístrofes, políptotos…Pero la musicalidad va más allá del poema y se extiende a todo el poemario, que es concebido como un todo unitario en el que se combinan, a modo de contrapunto, los poemas en prosa con otros en verso libre y en verso blanco, ya sea dentro de una estructura libre o dentro de una estructura cerrada al libre albedrío del poeta, e, incluso, con metros tradicionales, en estrofas tan cerradas y artificiosas como la décima (“Una novia judía”) o la sextina (“Los insomnes”) que, pese a lo alambicado de la estructura –seis estrofas de seis versos y una contera final, de tres versos, cada uno de los cuales acaba en una palabra-rima que se repite en otras estrofas, alterando su orden-, logran sonar al oído con naturalidad.

Este es el magma que alimenta los diecinueve poemas que conforman un todo unitario, de un tono irrenunciablemente meditativo, articulado entre lo hímnico y lo elegíaco, de un decir equilibrado y depurado, que exige al lector un esfuerzo que quizá no todos estén dispuestos a asumir, y ahí es donde radica el riesgo de la apuesta. Pero si el lector se decide a dar el paso, se encontrará, en una experiencia sumamente reveladora y fascinante, con algunos poemas memorables como: “Los años mudos”, “Laguna”, “Diciembre”, “Remoto figurado” o “Epistrophé”.