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lunes, 5 de agosto de 2013

"Un dios enfrente", de José García Obrero





José G. Obrero
Un dios enfrente
La Garúa Libros, 2013



¿Quién no ha tenido alguna vez un dios enfrente? No importa la forma, dios está hecho a imagen y semejanza del hombre, es de barro y por tanto puede adoptar cualquiera. Puede ser un notario, un quinqui con navaja o un director de recursos humanos. Aunque en el caso de José García Obrero mejor sería referirnos a un espejo. Uno de esos espejos de la Isla de Pascua a los que Cortázar trasladaba de campo semántico diciendo que adelantaban o atrasaban igual que si fueran relojes. El espejo que nos ofrece JGO en estas páginas ofrece una mirada en retrospectiva, una imagen que transita –quebradiza, voluble- por los 4 elementos.

El poeta José Antonio Arcediano apuntaba en la presentación de Un dios enfrente en Barcelona, que JGO manejaba con tino dos símbolos tan potentes como lo son la tierra y el agua, algo con lo que coincido completamente. Para empezar, la primera parte del poemario se titula Tierra de tránsito, mientras que la segunda Mapa del agua. Tal vez el agua tenga más peso en el conjunto, y no solo por la atención que le dedica en cuanto número de poemas, sino porque Tierra de tránsito parece preceder el libro como una suerte de prólogo, un paisaje desprovisto de ese agua cuando ambos deberían ser elementos íntimamente ligados. Esa ausencia anticipa la tromba como la calma antecede a la tormenta, y el Microclima que cierra la primera parte ejerce un papel de epílogo para la sed a partir del cual se tejen las coordenadas del mapa acuático que le sigue. Un mapa vertical donde encontramos el agua en forma de lluvia, de corrientes subterráneas que forman estalactitas, o de afluentes, pero nunca el agua en su estado más común: el mar, o sosegado: un lago. 

En cuanto a los otros elementos que, efectivamente no tienen el mismo protagonismo, pueden ser intuidos en la tercera parte Violencia gratuita (qué es sino el fuego la combustión de esos poemas de corte pugilístico), y el aire en la Nada me contiene, cuyos poemas llevan títulos como Hueco, Vacío, Cáscara y Silencio

Tras la sequedad de esa tierra en tránsito la voz encuentra un oasis emocional del que se empapa, una burbuja que estalla devolviéndole a un panorama sembrado de confrontación y tal vez rencor. La Nada me contiene posee la ingravidez de las motas de polvo que flotan en la luz, una suerte de ataraxia en la que se reencuentra el desierto pero sin la angustia, sino con una especie de resurrección en el propio dios en que nos hemos convertido después de haber sobrevivido al fracaso (él lo llama hundimiento en el poema Apocalipsis).

Este recorrido podría ser hueco como una cáscara, o lleno de palabras vacías. Pero no es el caso. Si algo se le puede echar en cara a este poemario es que no deja espacio para la respiración. Es denso como el fondo del mar, para cuyo descubrimiento precisamos de una bombona de oxígeno. Y como el fondo del mar está lleno de tesoros. El trabajo de JGO recuerda un poco a la labor de un orfebre tallando las gemas en cada poema. Pero sus versos no tienen nada que ver con las perlas, suaves y esféricas, sino con las piedras preciosas con aristas, diamantes que arañan, que rayan el espejo. 

La densidad de Un dios enfrente no lo es de barroquismos o de conceptos filosóficos abigarrados como la escultura que nos ofrece su cubierta. La densidad del poemario lo es como un mar lleno de medusas. Etéreas y peligrosas a un mismo tiempo. El contacto con uno de sus tentáculos produce picor. Sin embargo, si a lo largo de los años volvemos a encontrarnos con ellas el escozor inicial irá en aumento. La toxicidad de su veneno  se grabará en nuestra sangre e invadirá nuestras venas hasta poder llegar a ser mortal. El caso de los poemas de JGO es opuesto. Hay veneno, sí, no estamos ante algas inofensivas o peces de acuario a los que acariciar el lomo, pero inoculándonos sus versos encontramos, si no consuelo, el antídoto de la belleza herida, la más imperfecta y por tanto la más sugestiva, como una Venus decapitada o un espejo roto.


lunes, 1 de julio de 2013

"365 HAIKUS Y UN JISEY" de Joan de la Vega





Joan de la Vega
365 haikus y un jisey
Rúbrica editorial, 2012


La poesía de Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramenet, 1975) es una obra paciente, sólida, cuya última estación, de un itinerario poéticamente muy coherente, son, por ahora, estos 365 haikus y un jisey.

Joan de la Vega profundiza en un recorrido que inició con La montaña efímera y continuó con Una luz que viene de fuera, ambos publicados en Paralelo Sur.  La lectura de estos poemarios, aún siendo trabajos independientes, es interesante puesto que en ellos se gesta el universo y el lenguaje que germina con exhuberancia en estos poemas. La montaña efímera representa una inmensa liberación de energía, en ella predomina la acción frente al pensamiento, lo físico frente a lo intelectual, simbolizado en ese abandono de lo urbano y lo que representa. Se trata de un deslumbramiento, una revelación que conduce a una determinación: entregarse al nuevo mundo. De ahí que las composiciones contengan larguísimos versos que fluyen como un río embravecido o   “como un pájaro desierto sobrevuela el curso del agua quebrando los valles sin nombre”. La montaña efímera se desborda en un torrente de imágenes contenidas en el poeta, a modo de Big Bang, que crea el universo y desata la voz rica en recursos de un poeta maduro. El poeta es “valle incandescente”; es “pájaro”; es el descubridor de una naturaleza “sin nombre”. Semejante fuerza creativa liberada no puede contenerse en un solo libro y, en Una luz que viene de fuera, De la Vega continuará describiendo y trabajando en ese universo que no cesa de expandirse, esta vez, desde una óptica más intelectual o, si se quiere, espiritual. La filosofía oriental, panteísmo, el budismo,  irrumpe en su poesía redimensionando el amor a la naturaleza, que lo es todo: vida, muerte y de nuevo vida. Samsara y Las flores del Dharma, las dos partes de Una luz que viene de fuera, subrayan lo descrito. Las influencias de la cosmovisión oriental se manifiestan también en lo formal; los versos de este libro se acortan, son pentasílabos o heptasílabos encadenándose y adoptando en muchos casos cadencias, ritmos y temáticas muy próximas al haiku: “(…) todo animal viviente / regresa /  para nacer / y morir aquí / en la misma sima / sobre una capa de voz / improvisada”.

Los últimos versos de Una luz que viene de fuera anticipan, además, el ciclo eterno de las vida y de la muerte:


 “(…)

la vida es solamente

un borrador de anhelos

una correspondencia

con nadie



sin principio

ni termino

(…)”

Llegamos así a 365 haikus y un jisey, obra que, a mi entender, corona una escalada cuyo ascenso se inició en los dos libros anteriores. El nuevo ciclo que el poeta describe en estos haiku, se inicia con una ruptura. El imaginario de estos versos continúa girando en torno a los temas fundamentales de la poética de De la Vega. 365 son los días de un año. El jisey, es un poema de despedida. Sin embargo, el primer haiku, es una paradoja de enorme fuerza: el nacimiento del libro se abre, no con la vida, sino a la muerte:

(1)



Un hombre ha muerto.

Lo acogen sus raíces.

Luto en el aire.

Pero pronto descubrimos que no se trata de una muerte en el sentido occidental del término: es el fin de un “ciclo anterior” y, por tanto, del inicio de otro. Este trayecto que comienza y que lleva al poeta a la naturaleza, nos encontramos con ideas que forman ya parte del lenguaje propio de la poesía de Joan de la Vega como es su desprecio por lo urbano y por el hombre, en tanto que creador de artificialidad y sufrimiento:

(4)



Pérfido enjambre

de hombres junto a sus moscas.

Manjar de heces.

Como apunta Antonio Tello en su artículo sobre la obra de De la Vega, ésta se hunde en la tradición oriental pero también en la española. Y, sin duda, el sujeto poético nos devuelve a la tradición greco-latina, a la huida al mundo rural de la poesía pastoril y bucólica, a “ese amado” que son “las montañas, /  los valles solitarios nemorosos / las ínsulas extrañas / los ríos sonorosos…” de San Juan de la Cruz y, por supuesto, en su desprecio por  lo urbano al peregrino de las Soledades de Góngora que llega, en su huida de la Corte, a las cosas sencillas, a la aldea, a lo rústico. Salvo que en el caso de 365 haikus y un jiesy no hay concesiones: el elemento humano es despreciado con virulencia.

Este “desprendimiento” social y cultural es traumático y conduce a la soledad,

(6)



Oigo el gorjeo

de un pájaro abatido.

Rudo destierro.

Con la soledad irrumpen sentimientos de profunda angustia que hacen reflexionar sobre la muerte.

(15)



Negros cipreses                             

nos dan la bienvenida.

Moran en paz.


“Negros cipreses”, que no dejan de ser naturaleza que da la bienvenida al sujeto poético, que “moran en paz” porque no hay “civilización” alguna que los perturbe alrededor.

Sin lugar a duda, uno de los hitos de 365 haikus y un jisey es el siguiente:

(46)



No hay vuelta atrás.

Cumbres resplandecientes,

valle de a pie.                                            

En él, De la Vega vuelve a su reafirmarse en su poética: la respuesta está en el medio natural, en las montañas y los valles (sin nombre). Los valles son el camino a transitar, donde irán apareciendo “sin nombre” todos los elementos y símbolos que el poeta debe escribir sin que medie una contaminación cultural previa con voz propia .

En estos haiku se va a incidir en las revelaciones que este orden natural nos ofrece, pero, también a la “naturalidad” entendido como el fluir sincero y puro de la vida:
(61)



Entro en el bosque.

Ensimismada aguarda

una obra de arte.                          

Paralelamente y conforme el recorrido avanza, el poeta se reafirma en la decisión de romper con el ciclo anterior representada en la ciudad:

(78)



¡Cuánto lamento!

Hoja gris de ciudad,

sin vid te piensas.

A lo largo del poemario hay varias reflexiones, claves en el poemario, de por qué los haikus como puede ser, en este caso,  exorcizar el mal:     

 (166)



Del horizonte,

el peor de los venenos.

Brota un haiku.                            

También, nos indica, el haiku  es la  unidad del todo, el “arkhé”  griego o también, en la línea de la poesía juanramoniana, una visión panteísta, es decir, un solo haiku puede contener universo, cosmos, naturaleza,  vida.

(252)



A cielo abierto

palpita un sueño verde.

Sólo un haiku.

Conforme nos acercamos al final del ciclo que nos proponen estos 365 haikus y un jisey, al poeta le asaltan las dudas, quizás porque en este nuevo fin que se acerca, puede ser definitivo o bien, por el cansancio del propio sujeto, de ahí una mirada insistente y, a veces, nostálgica, del tiempo pasado, de un pasado remoto: la niñez.

(273)



Contra mi frente

las arenas del tiempo,

batido de olas.                                          

Hay un haiku, sin embargo, que concentra en sus tres moras, una tremenda carga dramática, un profundo desgarro:

(311)



A ras de suelo

el olor de la cima

subraya el grito                 

Nos habla del esfuerzo inhumano que supone alcanzar una “más alta vida”, o como diría Juan Ramón Jiménez, el “yo” de mañana, el mejor “yo”. “La cima”, símbolo del deseo de perfección, de las aspiraciones espirituales del poeta, vista “a ras de suelo”, olfateada con nariz de cansado por el  montañero que viene de otros ciclos, de escalar “montañas efímeras”.

El último haiku reafirma las ideas del esfuerzo para elevarse (“cincel”) y de eternidad:

(365)

Nada es finito.

Apagado el cincel

todo es haiku

Finalmente, si el inicio es la muerte, el final, el jisey es un canto a optimismo. A pesar de todo el dolor, el trauma, la ruptura y el sacrificio, todo vale la pena, el ciclo continúa con sus soles y lunas, y la belleza, la vida esperada, aparece recorriendo los valles sin nombre, encendiéndose con el vuelo en llamas de las libélulas, o de los pájaros mudos.

En definitiva, 365 haikus y un jisey, culmina, “hace cima” en el trayecto de una poética labrada, “cincelada” con esfuerzo a lo largo de años de trabajo. Joan de la Vega bucea en tradiciones, a priori tan diferentes, como la oriental y la occidental y consigue hibridarlas dando lugar a una propuesta original, única, en el panorama poético actual en este país. Su voz en este libro es una voz madura, capaz hacer sentir al lector que hay sencillez y naturalidad en la lectura de unos versos elevados y ricos como una cumbre en el techo del mundo.

lunes, 11 de febrero de 2013

NI UN PAM DE NET AL TANCAT DELS ÀNECS




Jordi Valls  
Ni un pam de net al tancat dels ànecs 
Ed. La puça del petroli, 2011

Por José G. Obrero


Jordi Valls (Barcelona, 1970) es, en palabras del crítico literario Jordi Llavina: “una de las apariciones (o irrupciones) más sonadas de la última década en el panorama de la lírica catalana”.  Desde que en 1995 se alzase con el premio Martí i Pol que le supuso  la publicación de su primer poemario D’on neixen les penombres? (¿Dónde nacen las penumbras?), Valls ha dado a luz una decena de títulos y ha cosechado otros tantos premios. Sin embargo, es en 2006 con Violència gratuita, cuando consigue uno de los reconocimientos más importantes de las letras catalanas: Els Jocs Florals de Barcelona pasando, como señala David Madueño, a la primera línea de las letras en este idioma.

Ni un pam de net al tancat dels ànecs (2011) es su último libro. El propio título  –cuya traducción podría ser “Ni un palmo de limpieza en el cercado de los patos-  resume  muy bien la intencionalidad de toda su obra y hace, además, un guiño al poeta Josep Gual,  en concreto a los versos: “…nois, m’en vaig / a tancar els ànecs!” [1] aludiendo a que, ante la realidad nacional de aquel momento (años 70), él prefiere recluirse en su mundo. Valls, con este título, viene a responderle que, incluso ahí, encerrados, nos alcanzará la podredumbre exterior.

No solo en el título se queda el guiño a Josep Gual, todo el libro es un tributo a la influencia de este, y de otros dos grandes poetas del entorno metropolitano: Joan Angenté y Màrius Sampere, referentes todos ellos de una poética que destaca por su compromiso, su resistencia y lo que David Madueño llama: “metafísica cotidiana”, rasgos que podemos encontrar en la obra de Jordi desde sus inicios.  Ni un pam de net… sigue profundizando y depurando, a pico y pala, los elementos que marcan su poética y que coinciden con esa “metafísica cotidiana”, la rebeldía y compromiso, pero mezclados y pulidos de una manera muy personal que es lo que, precisamente, hace grande la poesía de Valls. Ni un pam de net… no deja de hablarnos de las viejas dudas y angustias del ser humano pero reformuladas desde lo cotidiano o, como diría Perec, “lo infraordinario”.  Y es que uno de los grandes logros de la poesía de Valls  es saber conectar el infinito con lo infinitesimal, a través de unos vasos comunicantes que el lector puede transitar con absoluta naturalidad.  En la construcción del artefacto para discurrir entre escalas tan distintas, Jordi se hace valer de un amplio abanico de recursos, entre los que destaca su  particular sentido del humor, la socarronería de quién ha conocido la derrota. Sin embargo, no se permite caer en la fácil tentación del cinismo porque en su poética, la lucha, la superación, el crecerse ante las adversidades, son valores fundamentales. El poeta jamás pierde su dignidad pese a los reveses que le depare la vida. Y en que nadie se la arrebate subyace gran parte de la tensión poética de Ni un pam de net

Haciendo una lectura minuciosa de este libro nos encontramos una declaración de intenciones desde el primer poema  “Revolució” (Revolución) donde el autor hace una llamada a la revolución total, de lo posible, pero también una revolución de la fantasía, de la imaginación. Queda  patente que estos poemas se gestaron y publicaron en medio del contexto de crisis económica y por ello Valls toma partido en su tiempo, eso sí, sin caer en una poesía social fácil o panfletaria. De este modo junto a deseos de que un día “els blocs de pisos caiguin /la banca es foti i el diner plori”[2] nos encontramos con otros tales como“…l’amor governi i el sol es fongui / i l’enyor floreixi i la lluna salti…”[3]. Sin embargo, esta declaración inicial de intenciones nos conduce a su reverso en el poema siguiente El quart assalt[4] donde queda de manifiesto otra de las columnas vertebrales de su poesía: la angustioso, el toque de “determinismo”, como señala David Madueño: “Hi han moltes formes de perdre” [5]. Por estos dos caminos continuará transitando el lector en Ni un pam de net...  Con mendigos que piden a Buda, tras haber sido ciervos heridos y pájaros aplastados, no volver a nacer; o vidas como en De sobte [6]resumidas en cuatro versos.  Pero no es una poesía de derrota y con la misma fuerza lírica se impulsa el sujeto poético a la rebeldía y lucha. Esto queda de manifiesto en los versos iniciales de Dionisiac: “Fes com jo, si et planten obstacles / rega’ls amb l’orina primera / del matí”[7]. Conviven, por tanto, compromiso y angustia. Compromiso del hombre que sabe que lo que le define como hombre es la dignidad, junto a la angustia ante lo incierto y en buscar respuestas a esta tensión, consistirá la lectura, sin que Valls nos imponga su visión, al contrario, dando espacio para que cada cual saque sus conclusiones (“Aquest és el teu poema. Fes-ne el que vulguis…”[8] escribe en Poesia.

No dudará a subirse a naves que surcan la inmensidad del universo para encontrar claves,  como en Invasió, donde tras anunciarse  la invasión del planeta,  finaliza con los versos: “Tot m’ho jugo cada dia i no sempre perdo”[9]. También las religiones y sus fuentes son registradas por la mirada de Valls en busca de estas pistas dejando muy claro, al mismo tiempo, que no es al dios que recogen lo que él persigue. El crani de Moisès o una referencia a Lot en Moab son tan solo dos ejemplos de lo mencionado. Quizás uno de los poemas que mejor retrata la complejidad y riqueza de la propuesta poética de Jordi Valls en Ni un pam de net al tancat dels ànecs sea esa partida de ajedrez en que, mientras las fichas se enfrentan movidas por dos manos, una mosca que las sobrevuela y se desliza por ellas cae, finalmente, tostada por la luz. Este poema que lleva por título A les seves mans[10] presenta unos personajes que no deciden nada sobre su destino. Sin dejar claro, además, si debemos, identificarnos con las piezas, con la mosca o incluso, con esos jugadores condenados a comenzar una nueva partida nada más terminada la anterior, en una lucha continua, sin vencedores.

Aunque no la imponga, Valls nos ofrece su solución: compromiso, honestidad acompañados, más que de amor, de una manera de amar: esa que “nos va definiendo el carácter” como dice en Sobre el cor[11]. Este compromiso y esta manera de amar es la que provoca la aparición de unos versos cargados de optimismo vital como cuando En busca de una clau non-tòxic[12] cierra el poema con un elocuente Demà es un bon lloc on despertar-se[13].

Ni un pam de net…es, como menciona David Madueño, “un libro de batalla”, que nos habla de una lucha que todos conocemos, sin dejarse llevar nunca por lo simple o evidente. Se trata de una propuesta de alto voltaje poético, donde el lector se verá sorprendido por la originalidad de los prismas con los que Jordi Valls le invita a ver la realidad. Su poética, producto de un trabajo infatigable de dos décadas, alcanza la solidez, originalidad y rotundidad propia de los poetas que, más allá de ser interesantes, son lectura imprescindible.



ARTÍCULOS RELACIONADOS

Ricard Mirabete 

David Madueño

Jordi Llavita 



[1] Chicos, ¡me voy / a encerrar a los patos!
[2] Los bloques de pisos caigan / la banca se joda y el dinero llore.
[3] El amor gobierne y el sol se funda / la añoranza florezca y la luna salte.
[4] El cuarto asalto
[5] Hay muchas formas de perder
[6] De repente
[7] Haz como yo, si te ponen obstáculos / riégalos con la orina primera /de la mañana.
[8] Este es tu poema. Hazle lo que quieras…
[9] Me lo juego todo cada día y no siempre pierdo.
[10] En sus manos.
[11] Sobre el corazón.
[12] En busca de una clave no tóxica.
[13] Mañana es un buen lugar donde despertarse.