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lunes, 9 de septiembre de 2013

A propósito de "Hallarme yo en el mundo", de Ana Isabel Alvea Sánchez




Ana Isabel Alvea Sánchez
Hallarme yo en el mundo
Ediciones En Huida, 2013

Por Charo Prados

Cuando conocí, hace algunos años ya,  a Ana Alvea, me llamó la atención, en aquella  primera audición, pues se trataba de una lectura pública y colectiva, lo peculiar de su voz poética: brevedad  extrema, concisión, estilo lacónico rozando con la sequedad, ausencia de anécdota.  No tuve que esperar mucho para disfrutar de la lectura de su primer libro, Interiores, que vino a confirmar lo que Tobías Campos Fernández llama en su acertado  prólogo “sencillez esencial”. Es esta sencillez rasgo incuestionable de estilo en la voz de Ana, que en su primer libro, breve y denso,  demostraba  ya su dominio de la medida del verso y una ausencia de estilo, entendido este como un cierto manierismo muy al uso, que le permite abrir la mirada interrogante a las “imágenes mutiladas de la memoria” buscando siempre la pregunta inteligente – “¿Qué esculpirá el tiempo sobre nosotros?”- más que la respuesta fácil o la mera contemplación esteticista. Esa renuncia a la retórica huera coloca a la voz poética en una posición difícil: sin adornos, solo la esencia del lenguaje, y su concepto indisoluble, sostienen al poema, que se alza únicamente sobre la necesidad de decir, desde una radicalidad que  implica en sí misma la brevedad del texto.

Poesía en tránsito es el nombre de la colección (Ediciones en huida, 2013) que saca ahora a la luz su segundo libro,  Hallarme yo en el mundo.  Ya desde el título puede observarse un cierto giro en esa mirada atenta e interrogante que caracteriza a Ana Alvea. La dualidad entre el yo poético y el mundo, tan orteguiana, reivindicada por la propia autora en la cita que abre este libro y justifica el propio título - “Lo que me es dado es mi vida, no mi yo solo, ni mi conciencia… me es dada mi vida, y mi vida es ante todo  un hallarme yo en el mundo”- se resuelve en una colección de poemas,  más extensa que Interiores, donde, muy lejos del tópico confesional neorromántico, la voz de Ana, que parte de una concepción de la literatura como método de conocimiento del mundo, continúa lanzando al aire las cuestiones que le preocupan.

Así, en cuatro secciones muy equilibradas en cuanto a su extensión, se suceden los poemas de Intuición, una suerte de poética del misterio, en el que destacan, en algunas composiciones muy breves, cercanas al haiku., raras imágenes que salpican el verso como piedras preciosas (“Preocupación”, “Huérfanos”, “La nadadora”), Interrogaciones no retóricas, donde el tono sentencioso y la lectura atenta de la filosofía clásica y el modus interrogativo, ya anunciado en el título elegido, generan una serie de poemas secos, directos que  invitan al lector a la reflexión íntima, Circunstancias, que desde la conciencia moral planea una mirada lúcida a la realidad circundante, que se extiende de lo íntimo a lo público sin solución de continuidad,  y La naranja del almendro, que cierra el libro con una sección en la que la temática amorosa no anula esa voluntad de interrogar e interrogarse que constituye el esqueleto del libro.

Así,  en un viaje del yo poético en constante diálogo con el mundo circundante, en el que cabe desde la literatura a la actualidad, Ana Alvea, arropada por la filosofía clásica, se decanta por un cierto estoicismo que acepta el sufrimiento como parte de la vida, sin abandonar por ello la esperanza, ciertamente dubitativa, ni esa concepción existencialista del vivir como un recorrido por un camino no trazado previamente, para llegar, de manera natural, a un discurso antiburgués (“Animales de costumbre”) y a una moral propia que se rebela contra el remordimiento judeocristiano (“Libertad de elección”, “Fracaso”).

Pero vivir es también abrirse al otro, dialogar con el tú y forjar un nosotros quizás más necesario hoy que nunca (“Feliz año 2012”, “La llamada”, “Reforma laboral”, “Relaciones laborales”). Más que poesía social, podría hablarse, como ya se ha dicho antes, de poesía de la conciencia, dando cabida así al mundo y sus circunstancias desde una rectitud moral que no pretende dar lecciones a nadie, pues bucea en la problemática de la actualidad sin adoctrinamiento de ningún tipo.

          En ese diálogo con el otro no faltan las sombras, como puede observarse en los poemas a Camille Claudel y Alejandra Pizarnik, elegidas como compañeras de viaje desde un cierto extrañamiento, ya que el universo poético de Ana Alvea está quizás más cerca de lo doméstico y cotidiano. De ahí quizá su manifiesto cansancio de la literatura academicista- y del propio ajetreo diario (“Circuito de velocidad”)-, apenas aliviado por un amor contado de nuevo sin romanticismo alguno. Este camino poético elegido por Ana Alvea supone una búsqueda solitaria, búsqueda que lleva a la autora a hallazgos ciertamente sorprendentes, como esos magníficos versos que cierran el libro “Puede que la bestia nos desafíe/ y sepamos combatirla”.

Pero no quiero terminar esta breve reflexión sin aludir a un poema magnífico, que por sí solo se basta para justificar la lectura de Hallarme yo en el mundo. El viaje de los malditos es un poema, algo extenso y complejo, que parece abrir un camino nuevo en la voz de la autora; narra el viaje imaginario, a bordo de un transatlántico llamado Saint Louis de una extraña y doliente familia. Ahora el nosotros sustituye al yo poético, que en diálogo fructífero con la voz de José Hierro, reclama el viaje y su ética del desapego  sin renunciar a la clarividencia - “Fuimos felices en el viaje/tan feliz como se puede ser/ en el engaño”- así como el canto como salvación en medio de la desolación y la derrota: “No me invadía ninguna nostalgia/por dejar aquella ciudad hostil,/al contrario, iba creciendo en mí/ un imperioso deseo de cantar”. La palabra, pues, como necesidad, y como salvación. Qué otra cosa puede ser si no, a estas alturas, la poesía.

                                                                 

lunes, 11 de marzo de 2013

¿EL LENGUAJE COMO REPRESENTACIÓN DEL MUNDO O COMO SIGNO VACÍO? "LAS PALABRAS ACOSTUMBRADAS" DE LOLA CRESPO RODRÍGUEZ




Lola Crespo Rodríguez
Las palabras acostumbradas
Guadalturia , 2012.

Por Ana Isabel Alvea

Si yo nombro, me nombro o te nombro, ¿qué estoy manifestando en realidad? ¿A quién? Y si, por ejemplo, digo “amor”, ¿a qué me estoy refiriendo? ¿Las palabras ayudan a comunicarse, a comprender la realidad, es una representación de la misma o nos difumina en un fondo de espejismos? Esta interrogación sobre el lenguaje atraviesa el poemario de la poeta sevillana Lola Crespo, quien en su introducción alude a la frase del filósofo y lingüista Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi propio mundo”. Al leer la cita, me acordé de mi amigo Venancio, profesor de filosofía en secundaria, quien defiende con tenacidad ante sus alumnos que la riqueza de vocabulario amplía nuestra percepción y conocimiento de la realidad, ofrece múltiples matices de la misma. También intenta sembrar -y espero que con buena fortuna-  la curiosidad por el conocimiento, para así agrandar nuestro horizonte, enriquecernos, crearnos y recrearnos.

Para un poeta, o para cualquier escritor, el lenguaje es su herramienta de expresión: busca y explora con el lenguaje, pero también advierte los límites del mismo. El lenguaje puede resultarle insuficiente, tal como pensaban ya los simbolistas: las vivencias eran inefables y el mundo o la vida superaban con creces al lenguaje. Este actúa como el vértice de un iceberg, de una realidad difícil de abarcar y transmitir en su inmensidad.

Para poder hablar sobre nuestras vivencias y sobre el mundo está el lenguaje poético, delicadamente manejado por Lola. Un lenguaje considerado más pleno e intenso que la prosa. La poesía no se caracteriza, tal como decía en el siglo XVII Francisco de Cascales en sus Tablas Poéticas, por tener un estilo suave y florido. La retórica, las figuras literarias, los recurso del lenguaje no se destinan a decorar o embellecer, sino a lograr la máxima expresividad, acentúan el carácter connotativo       -afectivo o emotivo- de lo que quiero decir y comunicar. La metáfora, por ejemplo, ya referida en Aristóteles su capacidad de descubrir semejanzas, es considerada por Paul Ricoeur, en “La metáfora viva”, como heurística, pues aporta conocimiento, y además un conocimiento mayor que la simple información; al igual que la imagen o el símbolo: evoca, sugiere, mueve sensaciones, crea emociones; por supuesto, también de mayor ambigüedad, a cada uno le evocará algo diferente. Los autores (Marcel Cohen, ad ex.) coinciden en caracterizar el lenguaje lírico como motivado, connotativo, sintético, sobresignificativo, intenso y condensado.

La idea que Lola Crespo parece defender en sus primeros poemas es la íntima unión y correspondencia entre la propia vida y el lenguaje, es decir, el lenguaje como sincero decir y como representación de una vida consciente y profunda que busca su centro en su belleza, en su dolor, en sus misterios, y lo que es más importante, vivir y habitar la palabra; son palabras de Lola que subrayo, es decir, que la palabra que pronunciemos no se convierta en un vocablo inerte y vacío.

Romper la rutina de las palabras aconseja en su poema “Isla Decepción II”. Creo que cuando Lola se niega a las palabras acostumbradas apuesta más por inventar, crear, al estilo de Huidobro, un lenguaje nuevo para una realidad/sociedad distinta a la que existe y que expresamente rechaza, nacer a un idioma blanco,/ sin prisas/ a una marca no registrada, nos dirá en su poema Idioma blanco.

En el poema “En el principio”, vuelve a retomar el lenguaje: al principio era la metáfora, pero parece que con el tiempo los vocablos pierden su significado y desorientan. Ella los define como jardín inconcluso y como laberinto; entonces solo queda el silencio, pero ese silencio puede tener un poder sumamente significativo, incluso decir más que la palabra, puede ser el resultado de vivir más allá de, es el silencio de su poema “Por la piel del tiempo”.[1]

En su poema “Asfixia”, creo que la autora se percata de que con el lenguaje no es suficiente, que hay que amar con los actos, con la piel, sin eslóganes ni fórmulas, sin palabras, como decía anteriormente, más allá del lenguaje.
El libro está dividido en dos capítulos. En el capítulo I, “policromías espontáneas”, encontramos muchos poemas sobre el tema tratado del lenguaje, también hay bellos e intensos poemas amorosos de hermosas imágenes, con los que degustas la belleza del lenguaje, así “De ceniza”: Ella tenía párpados de ceniza/ y odiaba las jaulas. / A veces, se parecía al Vesubio. / También era una isla.

La lectura de este primer capítulo te transmite un optimismo y una vitalidad que va in crescendo,  supone un canto a la vida, reconforta e impulsa y lo sentimos en poemas como “Vivir”, “Creo luego soy”, “Un grano de arena”. Son poemas que me parecen precisos en los negros tiempos que corren, necesario defender la utopía, como en su  “Un grano de arena”, y creer en lo inverosímil.

            Consigue decir mucho en pocas palabras con un simple juego o giro final en su poema “Aunque la calma”: No perder la calma, aunque el vendaval. /  No perder la calma aunque el vendaval. / No perder el vendaval, aunque la calma. La metáfora del vendaval puede referirse a la fuerza, la pasión o el ímpetu, incluso a la rebelión, pero no a la violencia, la cual rechazará en “De la piel de la tormenta”.

La naturaleza está muy presente en su escritura y la misma autora ha manifestado que interviene como metáfora de la vida.  A mí me ha transmitido su belleza y vitalismo, me ha sugerido lo esencial, primordial, el origen. Mario Barranco, quien ha redactado el prólogo, resalta el paisajismo literario de los versos de Lola, en ellos defiende espacios marginados por los intereses económicos y geoestratégicos.  Lo cierto es que hay una mirada crítica a nuestra sociedad en la segunda parte del libro y parece que ofrece la naturaleza como alternativa, como ejemplo o respuesta.
         
         En el segundo capítulo, “En la esquina de los días”, encontramos una mirada más crítica  a nuestra sociedad y realidad y a nuestra actitud frente a ella: la resignación, el conformismo, la indiferencia, el despilfarro, la guerra, la desigualdad entre países, las fronteras levantadas y sus muros, las noticias de actualidad y su tratamiento sensacionalista por los informativos. Una mirada en poemas que retratan la dura actualidad, poemas narrativos que denuncian el triste presente, como “Hora de cristales, tiempo de vidrios”, un texto lúcido, ágil en el uso de los eslóganes publicitarios de los bancos para desenmascarar la mentira que suponen, cuya protagonista es una vagabunda sin hogar; o bien, “El desacorde de los tiempos”, con la crisis y su escandaloso desempleo; o el desasosiego de   “Un 806 es la respuesta”, “Una niña en una guerra”, “Si no sangran los árboles”. Poemas inquietantes y también  inevitables, pues ningún artista o escritor puede ser una isla ajena a lo que está cayendo. Este segundo capítulo muestra su desacuerdo con la sociedad y también me parecen necesarios versos que procuran despertar y zamarrear al lector.

          Lola se pregunta por el lenguaje a la vez que lo trabaja para expresarse con bellas metáforas e imágenes, con juegos de palabras,  también con la ironía. A veces, en poemas breves e intensos; otras, en poemas arquitectónicamente levantados, con la estructura rítmica precisa -ritmo que alcanza con los paralelismos, anáforas, enumeraciones- creando un edificio de palabras, cuyo conjunto se destina a transmitir y enfatizar su contenido o sentido. El juego de intertextualidad también es un recurso muy usado por la autora, un estimulante diálogo creado entre sus lecturas y su escritura. El ejemplo más claro es “Tiempo”, el último poema, pero la intertextualidad cruza horizontalmente el libro.

Al principio comentábamos que Lola Crespo reclama con sus versos un lenguaje que plante batalla a las palabras acostumbradas, y tal vez para ello sirva la poesía, para crear un nuevo lenguaje que muestre un nuevo mundo, o para intentar sondear en ese mundo vasto e inefable, procurar abarcarlo lo más certeramente posible, en nuestra constante búsqueda de la palabra -o imagen- exacta.



[1]  “Por la piel del tiempo” es un poema dulce y delicado en el que el silencio parece referirse al paso del tiempo, a los recuerdos, la vida pasada, el tiempo huido y que hace expresa referencia a la infancia perdida.

martes, 4 de diciembre de 2012

SOBRE “POEMAS DE LOS HIMALAYAS” DE YUYUTSU RD SHARMA




Por Ana Isabel Alvea Sánchez

Poemas de los Himalayas constituye el decimotercer poemario de la colección Cosmopoética de Poesía Internacional. Edición bilingüe, en inglés y español, traducido y prologado por Verónica Aranda. Es de agradecer la labor de difusión que emprende Cosmopoética al barrer las fronteras de la lengua y acercarnos la poesía latente en cualquier lugar del mundo.

Su autor, Yuyutsu RD Sharma, es un excelente poeta nepalí, como puede comprobar quien se acerque a este libro. En su escritura encontramos diversos registros, pero en todo caso resaltan en su poesía las imágenes y su visualidad. Imágenes que reflejan una naturaleza exuberante y de enaltecida belleza. A veces estético y delicado en su paisaje, como en el poema “Arcoiris” o “Sagarmatha”, nos recuerda la armonía y la exaltación de la naturaleza de la poesía oriental. Las más de las veces, nos muestra una realidad penosa y mísera, pero los paisajes de Nepal siempre relucen como un sol de fondo. Nos ofrece imágenes del mundo animal y natural que nos resultan insólitas y sorprendentes, como podemos comprobar en estos versos pertenecientes al poema  “Enemigos de la poesía”, en el que identifica la naturaleza con la poesía, mientras que la tecnología y el progreso, propio de nuestra globalizada época, suponen un peligro destructivo, los enemigos de la poesía:

“La mano anárquica de un mono
deshace el nido

de un  pájaro tejedor
que cuelga como un sueño bordado

del verde
corazón del bambú.

El ojo crítico de una rana
juega con los colores

del arcoíris de una poesía
sobre la mesa fría del Sistema…”

Imágenes que poseen enorme fuerza expresiva, con las que describe, testimonia o denuncia,  como una descarga eléctrica o un relámpago que cae sobre el lector, imágenes atroces a veces en su desnudez.

Algunos poemas nos describen escenas o paisajes, como una cámara de vídeo, el ojo de un testigo que muestra un cuadro de vida cotidiana que trasciende al fondo de sus costumbres y profundiza en los males que le aqueja, a veces de un modo más simbólico, como en el poema “Destino” o “Un paseo matinal”; a veces de un modo coloquial y narrativo, como en “Madre sueña”; otras de un modo más desnudo, literal y transparente, así en “Fracasos”, “Mujer Sherpa”, o bien el que mostramos, “La cruz de Cristo”:

“Dos sacos
de arroz

cruzados
sobre la espalda frágil

de una abuela
que asciende

como un gran escarabajo herido
por la vertiente febril

de la subida más empinada
de los Anapurnas.”  

 Los personajes de sus poemas son, por lo general, los más desvalidos, la gente humilde y pobre; entre ellos la figura de la mujer ocupa un papel importante, bien mostrando su pobreza y precariedad, en el poema “Fracasos” nos dibuja la figura de una madre pelando mazorcas y sin nada que dar de comer a su bebé; bien mostrando las duras condiciones de vida de estas mujeres, más difíciles aún cuando se trata de una anciana, como nos retrata en el poema anterior, “La Cruz de Cristo”, y que se reitera en el poema  “Madre sueña”, donde una madre anciana que no puede ya con su carga de trabajo, sin fuerzas para ir por agua a los pozos lejanos, le pide a su hijo que se case con una joven para que ésta le ayude. Escenas duras, cotidianas, pequeños trazos con los que alcanza a expresar la vida de la gente humilde y su lucha por la supervivencia. Por supuesto, también aparece la mujer amada y deseada en dos poemas cargados de sensualidad y erotismo, “En Europa” y “Cascadas naranjas”, en este último la fuerza del agua de la cascada, su sonido, se funde con la pasión de los amantes.


Tiene la poesía de Yuyutsu Rd Sharma una estructura característica, como podemos comprobar en el poema anterior “La cruz de Cristo”, y  salvando algunos poemas de versos continuados,  predominan los poemas largos, estructurados en versos pareados, que acentúan el ritmo, apoyado  a veces en repeticiones, y que conforman una serie de enumeraciones de imágenes o descripciones con los que suma e intensifica el significado del poema y su denuncia, como en el poema “La democracia”, su poema en homenaje al poeta Gopal Prasad Rimal,  “Mulas” , “Enemigos de la poesía” o  “Cielos cantores de mi India”. No obstante, no faltan poemas en los que se da la brevedad y condensación, retratando con breves pinceladas una escena o paisaje de hondo calado significativo.

Es su poesía una cámara que trata sobre la pobreza, el hambre, las difíciles condiciones de vida de su gente, las injusticias, el sufrimiento, la supervivencia, la crisis religiosa, el fracaso revolucionario, la falsa democracia. Es su poesía una ventana abierta a su tierra, con ella nos podemos imaginar la belleza de sus paisajes, las vacas andando por calles oscuras y malolientes, los templos, las chabolas, los graneros de madera, las filas de mulas ensangrentadas subiendo las montañas de la ruta de la sal, su gente humilde; otras veces, su poesía muestra una mirada original sobre nuestro mundo, fruto de su vivencia en Europa, supone entonces un mestizaje entre la cultura occidental y la hindú, así en “Muñecas de escaparate”, poema resaltado también por Verónica Aranda en su prólogo.  La última parte del libro resulta más alegre, íntima, sensual y vital; pero, sin duda, su tema principal es su país, denunciar los problemas de su tierra, reflejarla, como podemos comprobar en “Los cielos cantores de mi India”:

“Solo en la hora  de vigilia
de la noche

conteniendo la respiración
para protegerme

del hedor punzante
que llega a ráfagas de los slums vecinos

para filtrarse y chupar
la sangre de mis pulmones exhaustos.

La tetería al aire libre
en la esquina del burdel

mide sumisamente
la profundidad de la oración

atronando desde las dignas cúpulas
de la decadencia.

Solo en medio de la noche
después de la lucha turbulenta de una década

para asentarnos en los espacios cívicos
de la democracia y sus sangrantes fauces,

una soledad sin  mujer,
un retiro al polvo de las calles,

un despertar de la juventud
en las venas abrasantes de la poesía

una canción de slums
bajo un cielo de luciérnagas y estrellas fugaces.

Girando alrededor
de una caldera enorme de leche

con capas espesas de nata
donde nadan anacardos vulgarmente,

un viejo vagabundo
hace añicos su porte, un Buda meditativo,

y concibe
la visión de un apocalipsis.

Una vaca que deambula
viene a recoger y engullir el condenado

borrador de un poema plañidero
que nunca puedo acabar.

Una sirena de un tren nocturno
que por fin parte para desaparecer por las llanuras de la India.

Tras la muerte de una década
tras la caída de los templos de la fe,

tras el silencio temporal
de las ametralladoras malignas,

tras el surgimiento de los asesinos civilizados
y una nueva anarquía de tullidos dólares

para contaminar los verdes pastos del Yamuna
con las heces de sus barrigas salvajes,

después del vuelo letal de extraños halcones
para arrancar embriones de inocentes vacas indias

planearé
escribiré un poema

sobre los vientos errantes
de los cielos cantores de mi India.”



*Slum: Barrio de chabolas habitado por la gente más empobrecida de las ciudades.

Esta reseña fue publicada originalmente en diciembre de 2010 en la revista Poesía & Gráfica